Este artículo se distribuye
en tres apartados: el primero recoge de manera sintética el paso de una
lingüística que se ocupaba sólo del mensaje a una que hace intervenir a
los usuarios de la comunicación. Para este recorrido utilizaremos un
criterio cronológico que nos permitirá señalar la progresión de las
investigaciones, desde el primer concepto, que concibe la enunciación como
la puesta en funcionamiento de la lengua por un acto individual
(Benveniste), hasta la teoría de los actos de habla desarrollada por
Searle. El segundo apartado comprende una breve historia de la pragmática
lingüística a partir de la división del lenguaje en sintaxis, semántica y
pragmática, que hizo Morris en 1938, y sus seguidores, filósofos del
lenguaje R. Montague, D. Wunderlich, T. A. Dijk, J. Habermas y H.
Schnelle, a quienes se atribuyen los primeros modelos de análisis
pragmático. En el tercer y último apartado de este artículo, citaremos los
trabajos de Berrendonner, Reyes, Ducrot, Sperber y Wilson sobre el
análisis de la ironía desde la perspectiva pragmática, para oponerlos a la
definición tradicional de la ironía según la retórica, y demostrar que
ésta es una definición insostenible. ^
G. Provost-Chauveau (1971)
afirma que en la perspectiva de una lingüística de la enunciación, es
necesario referirse a un objeto fabricado, llamado enunciado, en el que el
sujeto hablante se inserta de manera permanente y al mismo tiempo inserta
al otro a través de marcas enunciativas. Por su parte Lucile Courdesses
(1971) expresa en términos similares que una vez que no consideremos la
enunciación como el acto de producción del enunciado, tendremos que
descubrir sus leyes partiendo del enunciado mismo, es decir, interrogarnos
sobre la existencia de estructuras específicas, (elementos discretos
analizables que permitan establecer claramente el proceso de la
enunciación en el interior del enunciado.) Los estudios posteriores (1972)
pertenecen a Simone Lecointre y Jean Le Galliot, quienes señalan que lo
importante es distinguir rigurosamente lo que se dice: el enunciado, y la presencia del locutor en
el interior de su propio discurso: la enunciación.
Cuatro años más tarde (1976) Ascombre y Ducrot conciben la
enunciación como la actividad del lenguaje ejercida por quien habla, en el
momento preciso en el que habla, pero también por quien escucha y en el
momento en el que escucha. A esto agregan los autores que la enunciación
tiene un carácter histórico, único, por lo tanto no se reproduce nunca dos
veces de manera idéntica.
En 1977 Kerbrat Orecchioni al referirse a la lingüística de la
enunciación plantea dos definiciones: una extensa y otra restringida.
Según la definición extensa, la lingüística de la enunciación tiene como
objetivo describir las relaciones que existen entre el enunciado y los
diferentes elementos constitutivos del contexto enunciativo, es decir, los
protagonistas del discurso (emisor y destinatarios), la situación de
comunicación (circunstancias espacio-temporales, las condiciones generales
de la producción y recepción del mensaje: naturaleza del canal, y el
contexto socio-histórico.) (30).
Según la definición restringida la lingüística de la enunciación se
interesa solamente por uno de los parámetros constitutivos del contexto
enunciativo: “Le locuteur-scripteur ”(33). En esta perspectiva
restringida, Kerbrat Orecchioni considera los hechos enunciativos, como
indicios o huellas lingüísticas que señalan la presencia del locutor en el
seno del enunciado, los lugares de inscripción y las modalidades de
existencia que, según la autora, Benveniste ha llamado “la subjectivité du
langage.” La problemática de la enunciación restringida consiste (si
seguimos el critero de la autora) en el estudio de los procesos
lingüísticos (shifters,
modalizadores, términos evaluativos, etc, a través de los cuales el
locutor imprime su marca en el enunciado, implícita o explícitamente. En
otras palabras Kerbrat Orecchioni dice que es un intento de localización y
descripción de las unidades que funcionan como indicios de inscripción del
sujeto en el enunciado.
El proceso discursivo de la enunciación se desarrolla poniendo en
juego una serie de recursos verbales llamados “términos enunciadores” que
son marcas que nos proporcionan informaciones acerca del proceso mismo de
la enunciación (31). Se ocupan por ejemplo de la inserción del mensaje en
la situación, y cuyo referente sólo puede establecerse a través de los
interlocutores. Estos términos son los deícticos, el modo verbal y todo lo
que se relaciona con la persona gramatical, los pronombres personales, los
demostrativos, los adverbios de lugar y de tiempo. El uso de los
pronombres personales es determinante en la enunciación porque a través de
ellos el hablante se apropia del lenguaje, se introduce en su propio
discurso constituyéndose en un centro de referencia interna.
Existen otros términos denominados enunciadores, distintos de los
que hemos mencionado anteriormente que Segre llama “vectores
existenciales”; Barthes y Todorov los identifican como desear, comunicar,
luchar, participar, y cuya función según Jakobson es revelar las
modalidades de la enunciación, las relaciones entre los interlocutores que
señalan hasta qué punto el locutor se identifica con su enunciado. Estos
términos son los elementos que expresan impulsos, motivaciones y los
propósitos de los protagonistas de la enunciación. Greimas los clasifica en ejes semánticos,
por ejemplo: “del deseo (relación de querer, dada entre sujeto y objeto,
que mediante el desarrollo de la acción se convierte en hacer); de la
comunicación (entre destinador y destinatario, que se traduce en saber), y
de lucha o participación (relación de poder, entre adyuvante y
oponente).”
Según H. Beristáin las formas no verbales de la enunciación se
manifiestan en el estatus lógico de las oraciones (afirmativas,
interrogativas, negativas, exclamativas) y revelan el punto de vista del
hablante con respecto al hecho enunciado. Para explicar lo que se quiere decir
con“punto de vista” la autora cita un ejemplo de Benveniste: una
afirmación, según este investigador, hace presente en la enunciación la
certeza del locutor. Tomemos la primera persona del singular de los verbos
performativos cuya enunciación describe una acción del locutor y a la vez
equivale al cumplimiento de dicha acción: prometo, deduzco. El verbo
revela la actitud personal del sujeto de la enunciación. Según Searle lo
mismo ocurre con otras modalidades como la aseveración y la interrogación
que hacen notar el grado de compromiso contraído por el locutor al emitir
enunciados performativos.
Existe otro tipo de modalizadores que poseen el mismo significado,
las frases exclamativas, los adverbios de duda, de negación, de
afirmación, y las interjecciones. Acerca de estos modalizadores Benveniste
afirma que el enunciador los utiliza para influir de algún modo en el
comportamiento del interlocutor. Otras marcas, más retóricas que
lingüísticas, pueden funcionar de la misma manera como el orden de los
elementos en la construcción o las repeticiones. Todos estos modalizadores
describen el punto de vista del hablante con respecto al hecho relatado y
manifiestan las emociones de la situación de comunicación (184).
El estudio de los términos enunciadores permite identificar el
discurso directo e indirecto. El primero, a través del diálogo, cuando el
emisor repite textualmente un enunciado propio o ajeno, pero en ambos
casos impregnado de implícitos que se complementan con el contexto, y él
segundo a través de la narración que se interpone entre los personajes. Lo
interesante es descubrir cual de las voces predomina en el enunciado, la
del narrador, la del locutor o la de sus personajes.
El punto de vista del narrador y las estrategias de presentación
del discurso son aspectos del proceso de la enunciación. Quien produce el
enunciado se identifica como protagonista del acto de comunicación,
emisor, narrador o locutor y quien lo recibe es receptor, lector u oyente.
La interpretación del enunciado depende de cómo lo presenta el proceso de
la enunciación dado que este contiene indicaciones sobre el rol del
receptor.
Forma parte de la teoría de la enunciación, la teoría de los actos
de habla desarrollada por Searle, y el estudio sobre las acciones humanas
de Austin que conciben la actividad lingüística como una práctica social.
Entre las modalidades estudiadas por Austin se encuentran el acto
locutivo, ilocutivo, y perlocutivo. El acto locutivo es el acto de decir
algo, en cuanto decir algo, es hacer algo, enunciar conforme a las reglas
sintácticas expresiones a las que se asigna un significado. El acto
ilocutivo es decir algo que sea comprendido por el receptor y produzca en
él un efecto que puede ser una advertencia o un consejo. En otras palabras
Austin dice que la enunciación del acto ilocutivo constituye un acto del
hablante que modifica la relación entre ambos interlocutores, ejemplo:
“prometo venir.” El acto perlocutivo constituye la consecuencia de la
fuerza ilocutiva del enunciado al producir su efecto sobre el
interlocutor. Todo acto discursivo comprende un aspecto locutivo y otro
ilocutivo. El acto ilocutivo y el perlocutivo se oponen, la perlocución
actúa sobre el oyente ejerciendo sobre él un efecto. También forma parte
del proceso de la enunciación según Benveniste, los verbos delocutivos que
se derivan de una locución de discurso y denotan actividades discursivas
como “saludar”, “felicitar” etc. ^
3. Breve reseña histórica de la
pragmática
En esta reseña histórica trataremos algunas razones expuestas por
los diferentes investigadores, que motivaron durante los años sesenta la
orientación pragmática de la lingüística. La pragmática lingüística se
desarrolla a partir de su delimitación como estudio específico del
lenguaje, cuando el filósofo y semiólogo norteamericano C. Morris en 1938,
en el marco de una teoría general de la “semiosis”, de la significación,
dividiera la aprehensión de todo lenguaje formal o natural en tres campos:
La sintaxis, la semántica y la pragmática que corresponden a las tres
relaciones fundamentales de los signos: signos con otros signos (la
sintaxis) con lo que designan (la semántica) y con sus utilizadores (la
pragmática) (Maingueneau 1990, 89).
Siegfried J. Schmidt, en su libro Teoría del texto recoge gran parte de la
historia de la pragmática lingüística. Según este investigador, durante
los años 70, la teoría de la comunicación verbal era considerada desde el
punto de vista sociológico como una tendencia que proyectaba más allá de
la lengua las propiedades específicas de la actividad humana en su
totalidad, por un lado se interrogaba sobre los problemas explícitos de la
comunicación y por otro insistía sobre su importancia social e
interdisciplinaria. A partir de ese momento se comenzó a concebir la
lingüística como una ciencia incompleta que requería de componentes
pragmáticos indispensables para el análisis de las lenguas naturales (S.J.
Schmidt 1978, 19).
Entre los primeros modelos de análisis pragmático se encuentran los
de los filósofos del lenguaje (C. Morris, J.R. Searle, los de los lógicos
R. Montague, los de los
lingüistas D. Wunderlich, T.A. Van Dijk y como sociólogos, J. Habermas. Estos
estudios suponen un paso más en el camino de la lingüística orientada
hacia la realidad del lenguaje en la comunicación socio-verbal (33).
Estos investigadores no privilegian al texto como unidad elemental
de descripción sino que se apoyan en la actividad comunicativa. En ese
sentido toman en cuenta que el lenguaje, en su forma primaria no se
encuentra nunca aislado sino unido a otros factores de la actividad
comunicativa y aparece en forma de enunciaciones que los hablantes
utilizan con intención de comunicación, efecto comprensible y eficaz para
el interlocutor.
Wunderlich en Pragmatik,
Sprechsituation, Deixis, define el concepto de competencia pragmática
como “la capacidad de los hablantes u oyentes para comprenderse, es decir,
para articular y comprender lo articulado en situaciones comunicativas
(idealmente concebidas).” Esta definición la respalda Wunderlich basándose
en la idea de que una competencia abstracta para la elaboración de
enunciaciones, no tendría sentido si no nos comunicásemos a través de
ellas (33, 34).
Habermas por su parte agrega que la comunicación es un acuerdo
sobre los objetos, se realiza únicamente con la condición de
metacomunicación simultánea, es decir, un acuerdo en el plano subjetivo
sobre el exacto sentido pragmático de la comunicación.
Las ambigüedades en el proceso comunicativo son resueltas en
general, espontáneamente por el oyente (interlocutor), para ello acude a
la referencia o a la asociación de la enunciación con factores del
contexto y de la situación de comunicación. No podemos olvidar que la
interpretación semántica depende también de nuestro conocimiento empírico,
de presuposiciones y de formaciones adicionales implícitamente
introducidas en el proceso comunicativo.
Durante los años 1969 y 1970 Wunderlich estudia una serie de
fenómenos verbales que exigen la inclusión de la pragmática de la
situación verbal en una gramática del texto. Estos fenómenos son las
expresiones deícticas de personas de tiempo y de lugar, formas de
tratamiento (cortesía, respeto, confianza) formas de oraciones directas e
indirectas, modos gramaticales y expresiones performativas. A ésto agrega
Isenberg los acentos tónicos,
la entonación, el énfasis y la modulación, las relaciones causales entre
oraciones, la sucesión temporal y las propiedades referenciales de
nombres. Posterior a los estudios de Wunderlich, H. Schnelle en 1970
propone una descripción muy general del campo de la pragmática
lingüística. Primero señala la referencia de las descripciones sintácticas
y semánticas sobre la enunciación y las implicaciones
teórico-comunicativas de este concepto, es decir, hablante, momento de la
enunciación, lugar del hablante en el momento de la enunciación, etc. Las
condiciones textuales que co-determinan el contenido de una frase en
anticipación a la frase, o de una frase en anticipación del contenido
contextos como: circunstancias del texto, situación, conocimientos,
suposiciones condiciones, motivaciones y deseos, etc y el papel de los
interlocutores en el momento de la enunciación, hablan y escuchan como
miembros de un grupo y con un determinado papel dentro de ese grupo.
Dejando atrás esta etapa, durante los últimos veinte años la
pragmática se fue convirtiendo en una disciplina empírica que trata de
incluir en sus análisis los factores literarios, culturales, psicológicos
y sociales que determinan la estructura de la comunicación (verbal) y sus
consecuencias; siguiendo a Chomsky podemos de Competencia comunicativa. La
pragmática lingüística centra su interés en los principios que rigen la
interpretación de los enunciados: relación con los participantes, con el
co-texto lingüístico inmediato, con el contexto, noción que abarca los
textos en los que puede tener lugar un enunciado, las creencias de los
interlocutores, lo que saben sobre ellos mismos y sobre el lenguaje que
usan. Cuando se usa el lenguaje se producen significados mucho más ricos
que los que nos proporcionan las proposiciones enunciadas.
Hasta el momento la pragmática se ha centrado en el análisis de
cómo producimos significado intencional, es decir, de qué manera decimos
lo que queremos decir y cómo lo interpretamos al escucharlo. En la lógica
de los intercambios entre el enunciador e interlocutor, los elementos que
habían sido considerados como faltas en el lenguaje (silencio, torpezas,
vacilaciones, repeticiones) continúan siendo parte del lenguaje, son
considerados por la pragmática como la dimensión afectiva y expresiva que
está llena de significado.
En las páginas que siguen, intentaremos explicar la controversia
que se ha suscitado entre los diversos investigadores, en torno al estudio
de la ironía como fenómeno pragmático, oponiéndolo a la definición
tradicional de la retórica para la cual la ironía consiste exclusivamente,
en significar lo contrario de lo que se enuncia. También nos proponemos
explicar las nociones de implicatura y presuposición, inherentes al
análisis pragmático.^
Después de este recorrido somero de lo que ha sido la teoría de la
enunciación hasta llegar a la pragmática lingüística, nos dirijimos hacia
el análisis de la ironía desde la perspectiva pragmática. Reseñaremos
varios modelos teóricos que presentan un panorama de las investigaciones
realizadas en este campo, y tomaremos de él algunos elementos para el
análisis de los enunciados seleccionados. Veamos
primero la definición retórica de la ironía según Georges Molinié:
‘‘L´ironie est une figure de type macrostructurale, qui joue sur la
caractérisation intensive de l´énoncé: comme chacun sait, on dit le
contraire de ce que l´on veut faire entendre.” Todos los análisis que han llevado a cabo
los investigadores en el campo de la pragmática lingüística coinciden en
que esta definición es insostenible por varias razones a las que nos
referiremos a continuación.
Alain Berrendonner en su libro Éléments de pragmatique
linguistique consagra un
capítulo al estudio de la ironía en el que hace una serie de objeciones a
la definición "milenaria" de la retórica. Señala, desde sus primeras
páginas, que la significación global de un enunciado irónico conlleva
siempre una contradicción lógica porque en su sentido general coexisten
dos proposiciones. De esta manera el lector o descodificador, dada la
presencia simultánea de las proposiciones, está obligado a escoger entre
las dos y considerar a una como lo que el enunciador piensa verdaderamente
y a la otra como “insincera.” 1
Según Berrendonner este principio sin embargo es lo que permite
construir una clasificación de contradicciones irónicas o antífrasis. A
partir del estatus semántico que reciben cada una de las proposiciones se
pueden distinguir tres casos: la contradicción irónica explícita que
existe cuando las dos proposiciones del enunciado aparecen claramente
manifiestas y provocan un efecto poco matizado, veamos un ejemplo tomado
de Viernes de dolores : Van al inodoro que es de todo lujo,
pero sólo tiene media puerta. Un segundo tipo de contradicción es
aquella que Berrendonner llama la contra verdad que tiene lugar cuando una
proposición explícita en el enunciado es desmentida por una información
del contexto que los interlocutores conocen. Esta evidencia material, que
funciona como presupuesto de información 2 tiene en la comunicación un
significado subyacente, ejemplo: ¡Qué buen tiempo! bajo una lluvia torrencial. Existe
también la contradicción implícita cuando a partir de un mismo enunciado
se infieren dos significados distintos, ejemplo: confiamos en los altos funcionarios
con los ojos cerrados
permite inferir, los altos funcionarios son dignos de confianza,
mientras que los altos funcionarios
actúan con los ojos cerrados
significa lo contrario, no son dignos de confianza.
Según Berrendonner una proposición puede tener un uso antifrástico
e irónico cuando contiene un valor argumentativo. Las define como
instrumentos lingüísticos fundamentales para la argumentación y nos
advierte que una misma proposición no puede, en el mismo momento,
argumentar a la vez en un sentido y en otro contrario. Esto es la ley de
coherencia discursiva fundamental que excluye a la ironía. 3 La ironía
aparece precisamente como una infracción a esta ley porque se produce en
un enunciado en el que hay dos argumentos que se contradicen. Esta
concepción de ironía como superposición de dos valores argumentativos
permite comprender la dualidad del funcionamiento irónico propio de
algunos términos. Esta dualidad consiste en que un sólo término puede
tener simultáneamente dos valores argumentativos y ser completamente
compatibles.
Berrendonner dialoga con los trabajos de D. Sperber y D. Wilson que
definieron la ironía como una mención o eco, más o menos lejanos, de
pensamientos o propósitos reales o imaginarios, atribuídos o no a
individuos concretos. Según estos autores es posible que el eco no se
manifieste en el enunciado pero de alguna manera esté evocado. Esta
concepción de la ironía explica el efecto del doble juego de la duplicidad
enunciativa. Ese doble juego según Berrendonner no es más que un doble
nivel de enunciación (196, 197).
Al analizar la presencia de un doble juego enunciativo, el autor
asume bajo su responsabilidad la emisión de un contenido proposicional.
Tomemos como ejemplo el siguiente enunciado: es un verdadero escritor. En
principio esto es una afirmación que en otras circunstancias puede
convertirse en una calificación peyorativa implícita. Berrendonner quiere
decir con esto que los indicios de la ironía están fundamentalmente
ligados al comportamiento, a la gesticulación del locutor. Aquí la
pronunciación, el gesto de la cara, el tono, son componentes inherentes al
acto de locución en sí. Si analizamos el contenido de la frase es un verdadero escritor nos damos cuenta que el único
elemento de sentido explícito señalado en el enunciado es el mismo
contenido proposicional primario y el resto de los elementos está
implícito.
Berrendonner advierte que un enunciado irónico le plantea al
descodificador un dilema, una especie de sadismo semiológico lícito que
sumerge al destinatario en la incertidumbre del sentido y lo obliga además
a escoger tomando el riesgo de una interpretación personal, presumiendo el
valor del enunciado sin apoyarse en sus propias características. El
análisis de un enunciado irónico exige una suposición de razones o
sobreentendidos a partir de indicios contextuales, factibles de ser
reconocidos por el interlocutor en el caso de enunciados orales, y por el
lector en el caso de la literatura 4
“Aquel auditorio de
sepultureros hábiles y crueles en la maestría de instalar rápidamente a
propietarios e inquilinos en su última morada, porque hay tumbas que se poseen y tumbas que
se alquilan, siendo cierto aquello de que el que nació para inquilino ni muerto
es propietario.” 5 (Viernes, 28)
Escoger entre dos valores
argumentativos puede proporcionarnos resultados opuestos por la naturaleza
“pluricódiga” de la comunicación. No es posible hablar sin tener en cuenta
dos sistemas semióticos que se complementan, el de los signos lingüísticos
y el de los síntomas gestuales. A partir del momento en que un individuo
abre la boca emite al menos dos mensajes, uno de los cuales es mimo
gestual (enunciación) y el otro verbal (enunciado), la presencia de uno
implica necesariamente la del otro. Este lazo de concurrencia necesario
permite establecer entre estos mensajes una discordancia de valores. Por
esta razón Berrendonner concibe la ironía como una paradoja argumentativa
que no admite ni la exclusividad de una isotopía ni la descalificación por
la incoherencia 6.
El argumento comprende dos niveles (enunciado y enunciación) cada
uno implica y desmiente al otro. Por su contenido, el enunciado irónico
presupone la existencia de una norma según la cual conviene escoger entre
una de las dos isotopías que lo componen, incluso se puede decir que el
enunciado irónico significa explicitamente que debemos seleccionar en ese
marco de posibilidades, señalando la enunciación como argumento en un
sentido determinado, pero al mismo tiempo Berrendonner dice que la
enunciación puede presentar síntomas que argumenten en sentido contrario.
La ironía va sin restricciones a cada una de las direcciones donde
la norma plantea isotopías incompatibles. Al mismo tiempo todas esas
alternativas le permiten escapar al ironista de cualquier sanción eventual
por infracción a alguna regla de coherencia. La ironía siempre nos permite
escondernos detrás de cualquiera de sus valores argumentativos con el fin
de sostener que la enunciación es perfectamente conveniente en el contexto
que la queremos situar. Podemos insultar a alguien irónicamente utilizando
un juego de palabras, cometiendo una infracción contra las normas del buen
uso y escapar a la sanción sin impedimento alguno dada la naturaleza
eufemista de la ironía. La ironía siempre está a la defensiva de las
normas, de las reglas de racionalidad y conveniencia social. Berrendonner
agrega que la ironía es el único medio que tiene cualquier hablante y en
este caso el narrador, de ir en contra de la norma sin tener que asumir
las represalias que significaría una infracción espontánea. Veamos un
ejemplo
“¿Por el viudo que mataron anoche?
¡ Ja, Ja, Ja!... ¿Por el viudo tanta policía uniformada y de particular, a
pie y a caballo, con bicicletas, motocicletas, perros amaestrados,
linternas potentísimas, bastones de caucho especiales, revólveres y
cinchos con balas...?” (Viernes, 48)
En este enunciado un personaje
cuya identidad no conocemos da inicio a la segunda unidad narrativa de la
novela 7. Su intención es denunciar la estrategia de la policía que oculta
sus verdaderas intenciones aludiendo a un supuesto crimen banal del que no
tenemos noticia a lo largo de la novela. Al enunciarlo, el personaje no lo
dice de manera transparente para no asumir la responsabilidad de su
denuncia, lo niega con una risa y lo pone en duda a través de una
interrogante, con el objeto de desenmascarar las verdaderas razones de ese
despliegue de la “policía uniformada.” La pregunta, la carcajada y los
puntos suspensivos al final de la enumeración, son señales del texto por
las cuales el lector puede inferir que “la muerte del viudo” no es motivo
suficiente para justificar la presencia de todos los instrumentos de
represión 8. La reconstrucción de ese significado no articulado, (pero que
se observa en los signos) corresponde a la real intención del personaje:
decir que la presencia de la policía se debe al hecho de que los
estudiantes están organizando la Huelga de dolores, o fiesta estudiantil
de carácter transgresivo.
La definición tradicional de la ironía consiste en significar lo
contrario de lo que se quiere decir. A partir de esta concepción, el
enunciado ¡Qué buena noticia!
pronunciado cuando es evidente que no es buena, debería interpretarse como
¡Qué mala noticia!. Esta
definición contradice el principio de la economía del lenguaje. Según la
pragmática lingüística la ironía esconde otros valores comunicativos.
Reyes señala que para explicar la ironía debemos ir más allá del análisis
semántico, describiéndola en su acción. Para ello, el estudio pragmático
propone, contra la definición de la retórica, que el hablante irónico no
quiere decir lo contrario de lo que dice sino muchas cosas a la vez (Reyes
1984, 155, 156).
Define una serie de principios que guían la interpretación de la
enunciación, la relación con los interlocutores, con el contexto, que
según Reyes, es una noción abstracta en la que se incluyen los textos
posibles en los que podemos encontrar una expresión determinada, y el
entorno o situación de comunicación, incluídas las creencias de los
hablantes, su conocimiento de sí mismo, del lenguaje que usan y del mundo.
Según la autora, el significado que se produce cuando se usa el lenguaje
es mucho más que el contenido de las proposiciones enunciadas y el tono de
voz, la entonación, la longitud de las pausas, el gesto, y la postura, son
componentes inherentes al acto de locución que se deben integrar en una
descripción lingüística.
Al referirse al análisis de la ironía desde el punto de vista
pragmático, Reyes observa que una realidad puede ser enfocada desde dos
puntos de vista, uno real y otro ideal. En el contexto ideal un
investigador se siente satisfecho por el éxito alcanzado en su trabajo
como lo esperaba, en este caso dice frases como estas: estoy satisfecho, me siento complacido
etc. A diferencia del ideal, en el contexto real, fracasó en su
investigación y la mejor manera de hacer una valoración de esta realidad
es contraponerla al ideal ¡Qué
satisfecho estoy ! El hablante suscita a un enunciador que se
encuentra en el otro contexto, el ideal, y dice lo que allí se dice, que
está satisfecho, que se siente complacido. Lo que el hablante real dice es
inapropiado, y por eso se destacan las dos voces simultáneas: la del
investigador en su lugar de trabajo (el enunciador citado) y la del
hablante insatisfecho (el yo del discurso que tiene lugar en el mundo
real) (Reyes 1990, 138, 144).
Cuando un hablante dice con mucho entusiasmo: este pintor es excelente y alguien repite la frase
poniéndole cierto énfasis, está citando literalmente las palabras. Aquí
según Reyes hay una doble voz que expresa dos perspectivas sobre el pintor
en cuestión, la del hablante y la de quien repite literalmente. Pero esto
no es todo, el hablante que repite la frase está citando también las voces
de otros espectadores que también califican al pintor de excelente. Cuando
el hablante retoma la frase, expresa su actitud negativa de un modo más
sutil, en lugar de decir yo no creo que sea un pintor
excelente. Como vemos la ironía plantea un contraste entre la
observación literal y la realidad que provoca risa y placer porque somos
cómplices del juego lingüístico.
La autoironía está presente en el discurso del hablante cuando se
critica a sí mismo. En el siguiente enunciado soy tan bella, dicho por alguien
que asume su fealdad, ofrece dos versiones del mismo yo, uno que introduce
a un enunciador que critica
al yo, ser del mundo, persona que es fea y otra que es el yo del discurso,
(aquel que Ducrot llama responsable del enunciado). Reyes ve en la
autoironía una forma de aminorar la falta, para mostrar la superioridad
del que critica en relación al hecho de la fealdad. El hablante que dice
soy tan bella cuando sabe que
no lo es, toma prestada, cita, imita la voz del interlocutor y la asume
como propia creando una comunicación ficticia superpuesta a la real (142).
Como todos los usos del lenguaje, la ironía está regulada
sociológicamente, esto quiere decir que hay situaciones en las que se
espera o se acepta, y enunciadores con el poder de utilizarla porque son
integrantes y cómplices del grupo lingüístico. En las enunciaciones
irónicas, el locutor no es completamente responsable de su enunciado
porque lo cita como si perteneciese a otro sin dejar ninguna marca
sintáctica, creando de esta manera dos significaciones en una sola
enunciación.
Dada la naturaleza pragmática de la ironía, sólo podemos percibirla
en contexto y depende tanto de las intenciones del locutor como de las
capacidades interpretativas del interlocutor. El significado irónico es
una implicatura en cuanto a su sentido derivado o inferible, sólo en
virtud del contexto y por convenciones lingüísticas 9. Grice utilizó el
término implicatura al observar en sus trabajos que los hablantes, con el
fin de mantener la comunicación, obedecían a ciertas normas
implícitas.
Reyes en su libro La
pragmática lingüística hace un análisis de las formas que
producen significado pero que no entran en el dominio de la semántica por
no estar insertos en las estructuras de la lengua. Se trata de un
subsistema que no es totalmente lingüístico, veamos el ejemplo
“Marido y mujer están en
una fiesta; en cierto momento ella le dice a él: ¿tú sabes qué hora es? El marido interpreta
automáticamente que su mujer quiere irse a casa, y le contesta algo como
nos vamos cuando quieras, en
lugar de decirle la hora. (...) ¿tú
sabes qué hora es? señala el significado que entendió
el marido, (...) a la mujer le queda la posibilidad de anular ese
significado implicado sin contradecirse: no, no quiero irme, sólo te pregunto la
hora. (...) a la inferencia hecha por el marido se le llama
implicatura.” (La pragmática,
28)
También se habla de implicatura según Grice,
cuando uno de los hablantes nota que su interlocutor viola la norma
preestablecida deduciendo que éste quiere comunicarle directa o
indirectamente algo más de lo que literalmente dice. La implicatura es una
información no pertinente, un significado extra que no está en las
proposiciones de las frases enunciadas por lo tanto no puede analizarse
semánticamente y depende además de acuerdos tácitos entre los hablantes.
Según Grice, citado por Reyes, el hablante irónico hace dos afirmaciones a
la vez, la literal y la que subyace en el enunciado como algo que el
hablante quiere decir pero que no formula de manera explícita.
En los enunciados irónicos el significado no articulado verbalmente
se considera verdadero porque corresponde a la real intención comunicativa
del hablante, desapercibida por el resto de los interlocutores, menos por
el ironista (sujeto de la
ironía) que comparte los presupuestos de la comunicación a los que hace
referencia el enunciado. La
ironía es un juego intencional de juxtaposición de significados concebidos
como procedimiento discursivo económico y eficaz.
Hay enunciados en los que la ironía, por ser tan evidente, no se
somente a discusión. En el caso del hablante que menciona en una norma
social una actitud o comportamiento aprobado como positivo es porque el
interlocutor no cumplió con
la norma preestablecida y por ende no escapó a ser ridiculizado por el
ironista (156).
Para Reyes la ironía está ligada de cierta manera al rol social del
hablante, se le encuentra con frecuencia en el discurso de los padres,
políticos, polemistas, moralistas etc. Pero esto no siempre se cumple
porque también es usada como arma discursiva por los sectores subordinados
para denunciar todo tipo de conflictos o problemáticas sociales,
políticas, económicas que le atañen. Tampoco es adecuada en todas las
situaciones porque no siempre se puede intimidar o ridiculizar a un
hablante en cualquier situación de comunicación. A veces la enunciación
irónica tiene como objetivo exclusivo crear la complicidad del juego entre
valores compartidos o reforzar el entendimiento tácito con el
interlocutor. El enunciado irónico exime al hablante de hacer afirmaciones
categóricas sobre un hecho concreto que lo comprometan ante sus
interlocutores; deja, por el contrario, una connotación mucho más fuerte
que una formulación completa del objeto o fenómeno aludido. A los oyentes
les corresponde interpretar el significado subyacente en silencio porque
su aclaración destruye inmediatamente el juego irónico (159).
La ironía obliga al interlocutor a participar en la descodificación
del enunciado haciendo una inferencia sobre las intenciones del locutor.
Consiste en reconstruir el significado que no se formula verbalmente pero
que supone una evaluación sobre cierto estado de las cosas. Hay en la
ironía un contexto imaginario dentro del contexto de la comunicación. En
la literatura el lector comunica con su locutor a través de construcciones
verbales en las que hablan otros; y los puntos de vista del interlocutor
irónico y de su personaje son siempre divergentes, lo que no ocurre en
otro tipo de enunciación ficticia.
La comunicación irónica se produce gracias a ciertas señales del
texto o del contexto (entonación, cambios de registro, de estilo). El
lector perceptivo descodifica el sentido transliteral del texto que supone
el reconocimiento del verdadero agente del acto de habla; el enunciador y
la connotación que puede describirse como negación del sentido literal.
Reyes afirma que no es necesario compartir los valores del locutor
irónico, basta con poder identificarlos (163).
A partir de los estudios de D. Sperber y Wilson sobre polifonía del
locutor irónico, Reyes encuentra que el rasgo semántico universal de un
texto irónico es su cualidad de mención implícita en la proposición que
actúa como un eco de la opinión que el hablante expone como inadecuada. La
primera gran objeción que se le hace a la teoría de Sperber y Wilson es
que no toda mención que hace eco es irónica. Como han afirmado los autores
mencionados, podemos percibir la mención en una frase localizable y
entendemos, si captamos la ironía, que el locutor la atribuye a un
enunciador. El enunciado evalúa la realidad y propone a la vez un análisis
de su inadecuación con múltiples objetivos, hacer alguna alusión discreta
a una situación, corroborar una advertencia, etc.
Reyes dice que el locutor irónico no es el único responsable del
enunciado, sino que sirve de representante de un punto de vista sostenido
por muchos hablantes, de una creencia que todos desearíamos tener. Lo que
ocurre es que se disfraza de ingenuo para hacer notar qué distinta es la
realidad y cómo deseamos que la mención contenida en el enunciado sea
cierta.
El enunciado está cargado de una ilusión que comprende la situación
real deseada. En él hay un cambio de voz, un cliché, una exageración, un
tono de falsa inocencia que evoca de manera inmediata a un locutor
distinto del locutor real. El cambio de registro o elección de registro
inadecuado alude al carácter ficticio de la construcción irónica que
funciona como señal de advertencia que el locutor es él y es otro a la
vez.
Ducrot al referirse a su concepción polifónica distingue los casos
de citación: se refiere en primer lugar al locutor que cita a un
enunciador, responsable del
acto de habla. El locutor es el hablante (el yo del texto) mientras que el
enunciador es el hablante suscitado que cumple con el acto de habla que le
impone o atribuye el locutor 10.
Reyes, según la afirmación de Ducrot, concibe en un discurso
irónico al enunciador, ya
no solamente como al hablante
suscitado por el locutor, sino al locutor mismo a quien pertenece la
intención irónica. El locutor y enunciador pueden ser correferenciales con
el mismo sujeto de la enunciación, el locutor cita a un locutor ingenuo
dejándole el rol de enunciador sin dejar de ser locutor. De esta manera la
responsabilidad exclusiva del locutor ingenuo es el significado literal y
del locutor-enunciador el significado transtextual.
En la literatura, el autor, el narrador y sus personajes pueden ser
irónicos. Por supuesto, lo más difícil es descifrar las intenciones del
autor literario, o intenciones del hablante. El autor implícito no es
solamente un sujeto, una conciencia, o un hablante, puede ser un sistema
de normas. Lo implícito viene a ser también el entendimiento o complicidad
entre autor y lectores porque comparten un conjunto de presuposiciones
pragmáticas 11. Reconstituir, pues, la literatura desde el punto de vista
de su funcionalidad comunicativa reduce su importancia como valor textual,
incluso monumental. No obstante, al mismo tiempo, ese interés por el caracter funcional permitió su
construcción como fenómeno de comunicación haciéndo intervenir a través
del discurso componentes a la vez históricos, sociales y estéticos. ^
4. Conclusiones
En este artículo hemos expuesto en el primer
apartado los enfoques lingüísticos (no pragmáticos) que excluyen en sus
análisis a los sujetos hablantes. Esta exclusión se divide en dos partes:
el primer caso se explica por el uso sistemático de la distinción entre
lengua y habla. En consecuencia los locutores se encuentran cercados por
el ámbito de la palabra que es secundario a la lengua. En el segundo caso,
el análisis acepta integrar la lengua en la competencia de los hablantes.
Sin embargo, como ésta última adquiere un estatus colectivo, el avance de
los estudios lingüísticos no tardará en incluir las motivaciones
psicológicas de los hablantes, (los tipos socializados del discursos) por
oposición al aspecto sintáctico (las propiedades formales de las
construcciones lingüísticas).
En relación con las teorías enunciadas, el concepto de competencia
comunicativa propuesto por Chomsky marca un progreso. Cualquier sujeto que
posea una lengua ha, de cierta manera, interiorizado el sistema de reglas
que determina y su contenido semántico intrínseco. Basándonos en el
concepto chomskiano retomado más tarde por (Ducrot, Cros, Berrendonner)
bajo la denominación de “presupuestos pragmáticos” nos hemos interesado
por el análisis de la ironía desde la perspectiva pragmática. Tomándo en
cuenta varios modelos teóricos que presentan un panorama de las
investigaciones realizadas en este campo, el estudio de la ironía en
sentido pragmático sólo es posible a través de una serie de principios que
guían la interpretación de la enunciación, la relación con los
interlocutores, con el contexto incluyendo las creencias de los hablantes,
su conocimiento de sí mismo, del lenguaje que usan y del mundo. El
significado que se produce cuando se usa el lenguaje es mucho más que el
contenido de las proposiciones enunciadas y el tono de voz, la entonación,
la longitud de las pausas, el gesto, y la postura, son componentes
inherentes al acto de locución que se deben integrar en una
descripción lingüística. El
significado irónico está estrechamente ligado al concepto de implicatura
que Grice utilizó al observar en sus trabajos que los hablantes, con el
fin de mantener la comunicación, obedecían a ciertas normas
implícitas. ^
1
“Le fait que p et q soient simultanément présentées commo valides
engendre la contradiction, et oblige le décodeur à choisir entre les deux
termes; l’un des deux sera considéré comme ”ce que pense vraiment le
locuteur”, et l’autre, comme insincère.” Éléments de pragmatique, 175,
176.
2
“Présupposé: en linguistique (Ducrot, Zuber: sous l’influence des
logiciens d’Oxford, Austin, Searle, Russel): le présupposé d’un énoncé est
l’information sémantique qui, tout en n' étant pas thématiquement posée
par l’énoncé fait cependant partie de la signification littérale de
celui-ci. Ainsi l’énoncé “Il a cessé de battre sa femme” a pour présuposé
que je ne puis disjoindre du posé “Autrefois il battait sa femme.” De la
phrase “Tous les enfants de Jones sont endormis”, je tire “Jones a des
enfants.” Exposé d’O. Ducrot, Dire
et ne pas dire, 1-60. Angenot,
Glossaire pratique, 161.
3
“Ce qui fait qu’une proposition est susceptible d’emploi
antiphrastique et ironique, c’est, me semble-t-il, la possession d’une
valeur argumentative. Autrement dit, il n’y a possibilité d’antiphrase sur
un contenu p que si p, à un moment donné du discours, est préalablement
reconnu comme un argument pertinent au regard d’une alternative de
conclusion, mettons r vs non-r” Éléments de pragmatique, 183.
4
Aquí nos referimos a los acuerdos tácitos, previos, que existen
entre los interlocutores,
personajes, autor y lector implícito y entre el narrador y el lector. Polifonía 159.
5
Del enunciado “tumbas que se alquilan” se infiere la existencia de
“nichos.” Los "nichos" son cavidades o bóvedas construídas en los cementerios para colocar
cadáveres. Diccionario
etimológico.
6
Nótese que, si bien citamos la correlación “signos lingüísticos,
síntomas gestuales” de la que habla Berrendonner, nuestro análisis se
centra exclusivamente en enunciados escritos.
7
En el inicio de esta segunda unidad narrativa el narrador deja
hablar a un personaje desconocido. Esta técnica consiste en hacer escuchar
al lector fragmentos de conversaciones en el espacio de las cantinas u
otros lugares descritos en la novela, sin que tengan continuidad
lógica.
8
El significado no articulado crea una complicidad y refuerza el
entendimiento tácito entre personajes, narrador, lector etc. Exime en este
caso al personaje de hacer afirmaciones categóricas sobre las razones que
explican la presencia de la policía. Le dire et le
dit 211.
9 Con el término implicatura Paul Grice definió una parte del significado que producimos e interpretamos al hablar, pero que se origina fuera de las palabras. Esa dimensión pragmática del significado, no forma parte del contenido proposicional de los enunciados sino que resulta de la combinación del sentido literal y el contexto. La implicatura no depende de las propiedades semánticas o significados convencionales de las palabras sino de los principios que regulan la conversación. La polifonía 154-155.
10
“Parler de façon ironique, cela revient, pour un locutor L, à
présenter l’énonciation comme exprimant la position d’un énonciateur E,
position dont on sait par ailleurs que le locuteur L n’en prend pas la
responsabilité et, bien plus qu’il la tient pour absurde. Tout en étant donné comme le
responsable de l’énonciation, L
n’est assimilé à E, origine
du point de vue exprimé dans l’énonciation.” Le dire et le dit 211.
11 Les présupposés pragmatiques “ne sont pas des éléments du contenu de l’énoncé, mais dépendent de l’énonciation, des conditions de réussite de l’acte de langage. (...) Tout acte de langage par son énonciation implique que les conditions de sa légitimité sont réunies.” Pragmatique pour le discours 89. ^
Angenot M. Glossaire de la pratique
contemporaine. Montréal: Hurtubise, 1979.
Barcia, R. Diccionario general etimológico de la
lengua Española, tomo III. Barcelona: Seix-Editor, 1902.
Berrendonner A. Eléments de pragmatique
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inuit,
1981.
Beristáin H. Diccionario de retórica y poética. México: Porrúa, 1985.
Ducrot, O. Le dire et le dit. Paris: Minuit, 1984.
Kerbrat-Orecchioni, C. L'énonciation de la subjectivité dans le langage. Paris: Armand Colin, 1980.
Maingueneau D. Pragmatique pour le discours
littéraire. Paris Bordas,
1990.
Reyes, G. La pragmática linguística.
Barcelona: Montesinos, 1990.
______, La polifonía textual. Madrid:
Gredos, 1984.
Schmidt, S. J. Teoría del texto. Madrid: Cátedra, 1978.